El Perú es uno de los países con mayor exposición al peligro sísmico de Sudamérica. Su ubicación frente a la zona de subducción donde la placa de Nazca se introduce bajo la placa Sudamericana genera una actividad sísmica permanente. El Instituto Geofísico del Perú (IGP) señala que en el territorio nacional se registran, en promedio, alrededor de 450 sismos por año, aunque la mayoría no produce daños importantes.

La experiencia reciente demuestra que los grandes terremotos no son una posibilidad remota. En los últimos 20 años se han producido, entre otros, tres eventos de magnitud 7 o superior que permiten dimensionar sus consecuencias:

FechaEventoMagnitudPrincipales características
15 agosto 2007 – 18:40 hPisco, IcaMw 7.9Epicentro aproximadamente 60 km al oeste de Pisco. Produjo intensidades de hasta VII MM, daños severos y tsunami local.
26 mayo 2019 – 02:41 hLagunas, LoretoMw 8.0Uno de los mayores sismos recientes del país; fue percibido también en Ecuador, Colombia y Brasil.
28 noviembre 2021 – 05:52 hDatem del Marañón, LoretoMw 7.5Sismo profundo, a 131 km, con efectos importantes en Amazonas, San Martín y Loreto.

El caso de Pisco constituye la advertencia más clara sobre lo que puede ocurrir cuando un gran sismo afecta zonas densamente pobladas y con edificaciones vulnerables. El desastre dejó 519 fallecidos, 1,291 heridos, más de 434 mil damnificados, 48,208 viviendas destruidas y 45,500 inhabitables, además de importantes daños en infraestructura y servicios.

Un sismo de magnitud 7 o superior puede liberar una enorme cantidad de energía y generar daños que no dependen únicamente de la magnitud. La profundidad, distancia al epicentro, duración del movimiento, tipo de suelo, calidad de las edificaciones y densidad poblacional son factores determinantes. En zonas costeras, un sismo asociado al fondo marino también puede generar un tsunami, mientras que en zonas de montaña pueden producirse deslizamientos, caída de rocas y aislamiento de comunidades.

En un gran evento sísmico, los impactos podrían extenderse mucho más allá del colapso de viviendas. Hospitales, carreteras, puentes, sistemas de agua y alcantarillado, redes eléctricas y de comunicaciones podrían quedar afectados. También podrían producirse incendios, fugas de gas o combustibles, interrupción de cadenas de abastecimiento, pérdidas económicas y una demanda extraordinaria de servicios de emergencia y rescate. El sismo de Datem del Marañón, por ejemplo, ocasionó fisuras y colapsos puntuales de viviendas, deslizamientos y procesos de licuación de suelos.

Por ello, la prevención sísmica debe entenderse como una responsabilidad permanente y no como una actividad que comienza después del terremoto. La reducción del riesgo requiere identificar edificaciones vulnerables, reforzar estructuras, asegurar mobiliario y equipos, mantener libres las rutas de evacuación, proteger servicios críticos, establecer sistemas de comunicación alternos y realizar simulacros periódicos. En las empresas e instituciones, los planes de emergencia deben contemplar específicamente la continuidad de las operaciones, la evacuación, el rescate de personas atrapadas, la atención de múltiples víctimas y la coordinación con las autoridades.

La preparación individual también es fundamental: conocer las zonas seguras, tener una mochila para emergencias, establecer un punto de reunión familiar y practicar periódicamente qué hacer durante y después del movimiento sísmico puede reducir considerablemente la exposición al peligro.

En Responderis, entendemos que estar preparados frente a un sismo no significa únicamente reaccionar ante una emergencia, sino anticiparnos a sus posibles consecuencias. Por ello, fortalecemos las capacidades de empresas y organizaciones mediante capacitación, entrenamiento de brigadas, planificación y respuesta especializada ante emergencias.

Porque ante un gran sismo, cada segundo cuenta. Prepararse hoy es estar listos para responder cuando más se necesita.